CAMARERA
(Ana Galvano)
Paso media vida bajo este oscuro subterráneo, donde cada cual sostiene su propia verdad, confundiéndonos entre ratas y sudores etílicos; y yo en medio, resguardando trasero y tetas para salvarlas de la materia gris insana y de la mano mugrienta que junto al rabillo del ojo, me persigue sin dejarme libre.
Pero …qué suerte es la mía? Si me desligo del acoso, pero llega mi hora de colación y de la precariedad más absoluta, esa que me arresta y enjaula entre cajones malolientes y este estrecho pasillo, aquí me siento unos minutos, respiro hondo para tragar una caliente sopa e imbuir un trozo de marraqueta que me reanime. Mientras mentalmente, sumo y resto, barajando cifras que alivien las interminables deudas que van estrangulándome como una soga en el cuello…
Y a retomar con prisa esta rutina, la del paño impregnado en cloro adosado a mi mano y encarnado en mis uñas, entre risas y algarabía de los clientes, ahí de nuevo, circundando, muda y desolada, recogiendo en cada sitio una historia fragmentada como piezas de un rompecabezas que precisa rearmarse, que si de escritora me las diera, le daría forma, hasta reconstruir el «Don Fausto» de este nuevo siglo, ese mismísimo que mi veterana madre me prohibía, y que yo leía sentada en el baño, mientras mis hermanos me urgían, que apurara esa lectura vedada pero entretenida, peleándose detrás de la puerta para ganar el siguiente turno.
No sé cómo me da la cabeza para cazar vagos recuerdos de infancia, entre uno y otro rostro que se cruza ante mi vista, entre ecos de conversaciones burdas y grotescas…
Pero, no todo es gris, me digo, alentándome así misma y suspirando para confirmarme porque de tanto en tanto, Juan, ese de ojos calmos y charla amena, me saca de la mecánica y de los pensamientos retraídos, abordándome con gran delicadeza, haciéndome sentir una piedra preciosa rodando en este sub-mundo. Ahí aparece la cordial Ana, resucitando, dejando de ser la mujer del pantano, esa que sólo levanta la cabeza para recibir la propina. Juan me hace reflexionar que no sólo soy aquella que limpia y friega trastes, sino que, también piensa y tiene su propio raciocinio, recordándome que la calidad humana aún existe.
Encontrándolo entre las mesas nace mi primera sonrisa como regalo del día. Así es como voy cruzando la línea, saliendo de la mediocridad y de las banales respuestas hacia esos desconocidos, hasta emerger de lo basto a lo sacro porque Juan es encantador, sencillo y culto, me aproxima a los grandes sueños y que bien se siente una; relatándome historias tan hermosas de sindicatos y derechos sociales. Y se me infla el pecho, cierro los ojos y me imagino saliendo de un buen trabajo, satisfecha, feliz con dinero suficiente para salvar todas esas situaciones que hace rato esperan como los frenos de la Nena, la leche sagrada para los cuatro chiquillos más chicos, poniendo al día las cuentas para que no sigan repactadas con esos intereses que, mes a mes, redoblan la suma primera; una cruz que sobrellevo como todos y todas las y los Cristos de esta era; me veo comprando mi casita propia, ese tan anhelado techo y terminar mi jornada, salir y subirme a un minibús que me recoja y lleve hasta mi domicilio donde pueda descansar verdaderamente, sin tener que seguir trajinando hasta altas horas de la madrugada como habitualmente suele ocurrirme.
Mi sosiego no tiene relación con el tiempo, ni con la pega que mantengo, no miro reloj alguno, ni me detengo, sólo levanto las antenas y trato de estar despierta, atizar los circuitos y recordar la gran tarea: la del ALIMENTO.
Esa «tarea» me mantiene aquí, en la acrobática cuerda de esta peculiar taberna.
Y claro, ser obrera no significa que deba cargar con estas desastrosas condiciones, lo digo y me río, me río de mí y de todas aquellas que soportan estos males como inexcusable epidemia. Porque llorar, no es un remedio a la hora de alimentar a cinco chiquillos…y si que debiera tomar caldo de cabeza como dice y repite Juan, que muchas veces me abruma con sus afrentas.
Mas, con el largo tiempo que llevo entre estas paredes, hasta los rincones de mi rancho me parecen incómodos, si en este bar conozco cada rasgón, cada tela de araña que cuelga, que si de andar con los ojos vendados se tratase, pasaría entre las mesas sin tropezar con ninguna.
Aquí recorro mil mundillos, en este transitar de mesa en mesa, sumando verdades, tragando caprichos, discusiones a medio zanjar y unas sin destino, unas que con intensiones amorosas o meramente de gestos caricaturescos como el gordo ese, que más que hablar bebe sin pausa ni detenimiento, riendo a la vez como bufón, por todo y por nada, distorsionando la frente, la boca, los ojos y las cejas, y otros exaltados que terminan en trompadas donde el regadío es el vino o la jarra misma.
Y en los trajines, mi regocijo es la imagen de Juan como un radar mirando entre sus gafas y su chasquilla como un ángel de la guarda que a veces pareciera mucho más que un amigo…y me preguntó temblando, que estará pasando conmigo?
Será que de estar tan poco con Ramiro ya la pasión se ha ido evaporando, además con este hacinamiento, los fantasmas de los niños que se despiertan al menor ruido, es otra causa que aniquila el ardor de nuestros cuerpos cuando se atraen y la libido sube desconsideradamente sin controlar los niveles, llegando al desenfreno total, un arma de doble filo porque nos toca morder las ganas, parar los deseos, quedando postergados, sin emanación, reprimidos una y otra vez…
Maquinalmente sigo fregando alto de vajillas, copas, servicios y ceniceros, engrosado en cenizas, chicles y nicotina.
Y a efectos de arrastrar sillas, comienzan a despertar los grillos con su solemne himno, mientras empiezan a desocuparse completamente las mesas, en un transe de minutos que parecen interminables.
Y viene el gran salto, el de un relámpago, donde mis bajos tacos cambian en dirección ascendente, ahí Ana tocando el paraíso, descubriendo la luz de la Luna que desde lo alto me acompaña y concede un gracioso guiño; y como si esto fuera mucho, en el otro extremo de la calle, apoyado en el poste, aparece Juan, observándome fijamente, bajo la tenue luz del alumbrado público, él que por primera vez se hace parte y cómplice de mis ojos que no pueden evitar de traslucir la dicha que me provoca tenerlo frente, en esta inmensidad donde el mundo parece ser solo nuestro…
Caminamos cuadras y cuadras, sintiendo su respirar como si su boca estuviera cerca, muy cerca…íbamos sin hablar como si las palabras fueran a destrozar la magia, el encanto y la dicha de tenernos. Entramos a un callejón oscuro, a paso acelerado como pájaros a punto de ser fusilados por un escopetazo. Y nuestros latidos indicándome que estábamos al borde de saltar en mil pedazos. Y ahí, sobre unos adoquines desnivelados, paramos, al unísono, abruptamente la marcha, enredándonos fieros como dos bestias en arremolinada contienda, mientras nuestras manos ciegas se deslizan palmo a palmo por todo el cuerpo, buscando bajo las ropas los deseos ocultos guardados por tanto tiempo como una necesidad inmensurada de palparlos, de descubrirlos y soltarlos sin más ni más. Juan me susurra con primitivo erotismo, intensificando y reduplicando mis ganas de darle todo y como perra nocturna, abro mis piernas, tomando su mano y llevándola con prisa, directamente para que me coja con su mano gruesa y áspera que con pujanza pareciera desgarrar mi pelvis, queriendo soltar el fruto. Y cual moribundo en guerra, cae arrodillado ante mí con una mirada suplicante, y en un segundo, hunde su rostro entre mis piernas, estrujando mi vestido casi anhelando desprenderlo.
Y así fue como estos encuentros se hicieron cada vez más imprescindibles, tanto como beber agua. Pero él no sólo fue el soporte en esta tremenda crisis, sino, el escultor que con serenidad y paciencia me educó, dejando atrás la sumisa Ana, abriéndose en mí como flor en primavera, la fortaleza y el orgullo de ser algo más que una obrera, una militante de la vida.