Casimira transitaba mojada por la ciudad. La lluvia no cesaba y fue tan repentina que nadie alcanzó a levantar el negocio callejero de paraguas chinos. El agua inundaba su existencia, pero qué importaba. Venía de terminar una tormentosa relación de nueve años… ¿Qué tocaba ahora? ¿Qué se suponía que tenía que hacer? Una lluvia, en ese momento, no era importante.
Sus pies nadaban y sus pensamientos también. Ya estaba hecho. Definitivo. Una leve sonrisa selló aquel proceso. Desde ese momento se sintió –por primera vez- como una mujer libre.
De pronto la lluvia comenzó a teñirse de violeta, su densidad cambió; se transformó en una especie de sangre amoratada. Casimira no alcanzó a asombrarse cuando repentinamente una anciana horripilante se acercó demasiado hacia ella ofreciéndole plantas carnívoras y balbuceando tónicas sobre el suicidio como única opción. El rostro de la vendedora se desfiguraba en el violeta que caía del cielo. La mujer, atónita del susto, decidió correr entre los edificios que extrañamente comenzaban a crecer; el cielo se reducía sobre su cabeza. Ella no entendía qué cresta pasaba, qué era todo eso. Corría sin rumbo, con miedo, cada vez más miedo. Las calles estaban vacías. Comenzó a gritar por ayuda, necesitaba de alguien. Desesperada, aterrada. Los edificios no dejaban de crecer. La lluvia violeta no se detenía, se hacía aún más espesa, como una témpera morada destinada a rebasarla y dejarla sin oxígeno. Se hacía más pesado correr, cada vez menos luz. Nadie en el camino.
Casimira no paraba de llorar sin entender una mierda. Todos los negocios cerrados, como buen domingo en la tarde. Se detuvo unos segundos a descansar. ¡¿Por qué se le había ocurrido terminar su relación un domingo?! Su maldito TOC, empezar su nueva vida un lunes. ¡¿Por qué chucha llovía pintura púrpura?! ¡¿Qué clase de broma, experimento social o intervención artística era esta?! La desesperación crecía. El pánico la superaba ¿Cómo no poder salir de ese calvario? Claro, como si fuera tan fácil quedarse debajo de un paradero a esperar que la inusual lluvia terminara. Porque lo bueno es que las lluvias terminan… o es que acaso se trataba de un gran diluvio que azotaba a la humanidad en castigo por el atentado que es su autoesclavitud… ¿Pero por qué ese color?
El terror mayor eran esos grandes y fálicos edificios que no paraban de crecer, ¿o es que acaso ella se hacía más pequeña? Casimira se tocaba entera, desesperada, como revisando que todo estuviera bien en su cuerpo. Ahí seguía, intacta pero destruida. Corría y corría, se detenía buscando respuestas o ayuda, pero nada. Seguía corriendo, lloraba, gritaba. Ya le dificultaba ver e incluso respirar. El escenario se oscurecía y las nubes no parecían alejarse. En ese momento sintió que de seguro estaría a salvo al lado de su reciente ex; que todo esto sería menos terrible bajo su brazo, en su mundo.
6:00 AM. Sonó estrepitosamente la alarma. Casimira abrió los ojos sobresaltada. Seguía empapada, pero en sudor. Respiraba aceleradamente; de a poco comenzaba a despertar de esa pesadilla y a volver en sí, a tranquilizarse y recuperar la paz. Cuando de repente su cuerpo reaccionó con un salto temeroso al cotidiano y agresivo portazo que pegaba su Edmundo, esta vez, desde el baño.
El otro final.
Al mismo tiempo que sonaba aquel portazo, caía al suelo un libro que había quedado demasiado orillado sobre la mesa contigua al atril donde Casimira pintaba, en tonos violeta, una escena surrealista. El portazo, el libro en el suelo, un sobresalto y un leve suspiro… luego su mente siguió viajando. Y después volviendo
Toc Toc. Sonó la puerta de su habitación, que daba hacia el jardín principal de la clínica. Casimira volvía al presente. Su psicólogo abrió la puerta y se asomó. – Querida, ¿crees que ya es tiempo de incorporar a Edmundo en la terapia? Lo digo porque está aquí y quiere conversar.
Un golpe eléctrico contrajo su pequeño cuerpo, sus dientes se apretaron, sin embargo, supo que ese era el momento perfecto. Activó una cara de serenidad, miró al psicólogo y agregó: –Me siento preparada. Dígale que venga ahora para que primero hablemos solos. Aquí lo espero.
La entregada mujer siguió pintando su morado cuadro de espanto y horror. Donde su mente enfrentaba su última batalla: Esa progre ciudad de mierda que se le venía encima; esa lluvia perturbadora que la tenía cansada. Ya no podía avanzar más; las fuerzas se habían acabado. Cayó. Rodillas y palmas a piso, espalda pesada. Su rostro frente a frente con la espesura de aquel óleo que la invitaba a rendirse, a mandar todo al carajo.
Toc toc. Sin respuesta. Toc toc, otra vez. Tras el silencio, Edmundo abrió la puerta lentamente, entró a la habitación, miró atónito lo que ahí había; se paralizó y observó estupefacto. Sus ojos, habitualmente altaneros y agresivos, esta vez no daban más del terror y la angustia al ver aquella escena suicida, insolente, que teñiría para siempre su ya trastornado interior.