Desde el otro lado de la tierra. Un viaje del Infierno a Val / paraíso

Από την άλλη πλευρά της γης. Ένα ταξίδι από την κόλαση να Valparaíso

Seudónimo: Eleftherios Venizelos

 A comienzos de 1914, el ciudadano griego Nicolás Zourkas de la región de Macedonia, se trasladó como emigrante desde su nación a París. Tenía 16 años y conservaba en su imaginario la invasión de los turcos y la guerra que habían sostenido la generación de sus padres y de sus abuelos, en contra del invasor. Las batallas habían sido sin tregua, y cientos de combatientes de ambos bandos cayeron abatidos en la asimétrica geografía de los Balcanes.

Zourkas, un niño de origen montañés, recorría en las noches los territorios donde la furia expandía su lenguaje de fuego, y sólo iluminado por las estrellas, rescataba desde la proximidad de los cuerpos, algunos muertos y otros moribundos, los viejos fusiles y cuchillos arrojados a la tierra, para coleccionarlos y testimoniar la masacre de esos viles enfrentamientos sustentados bajo la premisa del expansionismo y la conquista.

Impactado por esos avatares de su adolescencia, huía para derivar a un territorio más civilizado, donde pudiera desarrollarse en un contexto de paz, y con una mayor posibilidad de trabajo y equilibrio emocional. Atrás quedaban los traumas de la guerra en La Castoría, Francia, una de las «cunas» de la civilización occidental, le abrían un horizonte de esperanza y crecimiento para convertirse en un hombre con ideas y claras y precisas en busca de un porvenir mejor.

Grecia durante la Primera Guerra Mundial sufrió grandes convulsiones políticas y económicas que marcaron el desarrollo del país durante el periodo de posguerra hasta la Segunda Guerra Mundial.

Tras comenzar el conflicto como nación neutral, el país se vio arrastrado a la contienda por la presión de los combatientes, produciéndose una intensa fractura política entre los partidarios de la intervención en la guerra del lado de la Triple Entente, simbolizados por el primer ministro Eleftherios Venizelos, y los que defendían el mantenimiento de la neutralidad, en general favorables a los Imperios Centrales, que se agrupaban en torno al rey Constantino primero de Grecia.

Al comienzo de la guerra en el verano de 1914, Grecia no había entrado en la lucha, pero los rumores que circulaban entre la población y los constantes movimientos de tropas, en un país devastado por el conflicto bélico con los turcos, y el intercambio de poblaciones en una de sus fronteras, habían alertado al joven griego, quien a pesar de su escasa edad, tomaba conciencia de los fenómenos sociales y las potenciales acciones futuras de su país.

Por esta razón, iniciaba su viaje a través del territorio para evitar su reclutamiento en el ejército griego, evitando su incorporación a las tropas que algunas semanas después entraban al escenario del primer conflicto masivo en Europa y otros continentes.

Zourkas viajó de La Macedonia a Atenas, su primer tramo, en un tren de carga, acompañado de un pequeño equipaje, el que portaba en una vieja maleta de cartón forrado, una cantimplora con agua, y dos panes negros, como único alimento para su mantención. Atrás quedaban su numerosa familia constituida por nueve hermanos mayores y su padre, un sacerdote ortodoxo, de estatura elevada y una barba patriarcal que lo distinguía entre los parroquianos de su pueblo.

Fueron numerosas horas de viaje en un vagón a la intemperie, tendido entre sacos de harina y legumbres, contemplando el árido paisaje de flora salvaje, y los cambios de luz que validaban sus imágenes en su subconsciente, como un registro fotográfico que permanecerían en su memoria por el resto de su vida.

Su llegada a la Estación Central de Ferrocarriles en Atenas no estuvo exenta de convulsiones, un profuso movimiento de tropas apostadas en distintos puntos de sus instalaciones, alertó al joven, quien sorteando los controles y escondido entre los vagones, fue distanciándose del lugar para evitar su detención. No portaba documentos de identidad, solo una vieja fotografía en sepia, de sus padres en el día su matrimonio en enero de 1881.

Al salir de la Estación y caminando por las calles de Atenas comprendió que su viaje hasta París tendría una serie de inconvenientes, lo que hacía que extremara sus medidas de protección para evitar su reclutamiento como soldado, demasiadas experiencias traumáticas de los conflictos fronterizos, afirmaban su convicción de arrancar de las fauces de la muerte, y abordar una vida de hombre libre.

El segundo tramo de su viaje perdió la continuidad del anterior, sin embargo, el desplazamiento por la vía terrestre en diferentes medios de transportes de la época, permitieron que  Zourcas cruzara la frontera evadiendo los controles fronterizos y llegara a su destino en Francia.

Deambuló durante algunos días por París sin conocer el idioma, vagabundeó por sus avenidas hasta que desembocó en el Puerto de Le Habre, donde solicitó trabajo como estibador, la jefatura de desembarco de la carga, lo miró con un poco de lastima dada su menuda contextura, pero la pobreza que proyectaba hizo que la conmiseración de sus patrones soslayara su esmirriada figura, y lo contrataron para obras menores, que estuviesen al alcance de su capacidad física.

Así Zourkas, muy temprano, en una fría mañana de Mayo, se incorporó a sus primeras labores con la ilusión de que las horas corrieran para que el sol de mediodía lo cobijase con su temperatura, y en su primer descanso laboral, percibir el sonido de una campana ubicada en el costado norte del embarcadero, convocándolo a su primera merienda caliente, unos frijoles guisados con picante, trozos de carne y verdura, y un trago de aguardiente para entibiar su deteriorada fisonomía, después de un largo viaje.

Mientras degustaba su plato en compañía de otros cargadores de diferentes nacionalidades, escucho a uno que tarareaba una vieja canción en su lengua natal, una expresión de seguridad y una sonrisa hizo que se aproximara para intercambiar algunas palabras con su paisano, y enterarse de paso, sobre las reglas de funcionamiento de las actividades en el puerto. El otro griego, del Peloponeso, le informó sobre un pequeño galpón donde podría dormir mientras estuviese contratado, además de que, la paga era cada día al termino de la jornada, casi al atardecer, y equivalía a la suma de diez francos.

Acontecida su jornada laboral, Zourkas fue hasta una caseta donde había una larga fila de trabajadores, y espero su turno para recibir el dinero, el tiempo se le hizo eterno, pero luego de un par de horas sintió el tintineo de las monedas en su mano. Era el instante y el inicio de su primera y única celebración en París.

Esa noche, junto a su compatriota y dos rumanos, con los cuales podían comunicarse a través de un dialecto provenzal de su frontera, caminaron rumbo a una taberna en las proximidades para beber algunos tragos, y escuchar música francesa interpretada por un viejo marinero retirado de las faenas de Le Habre.

Durante los cinco días posteriores las actividades del puerto fueron intensas, de mucha actividad comercial, y Zourkas se había adaptado al ritmo laboral y mantenía buenas relaciones con los estibadores de otros países radicados en París. Los faeneros habían creado una jerga idiomática que les permitía entenderse para coordinar acciones y comunicarse en materias que iban más allá de lo estrictamente laboral.

El viernes se inició la jornada casi de madrugada, había entusiasmo y excelente estado de ánimo entre los hombres, la mañana transcurrió con rapidez, ambientada por la luz y la buena temperatura, lo que contribuía a darles una mayor energía y concentración en sus faenas. Promediando mediodía, unos minutos antes del almuerzo, ingresaron dos vehículos a la plataforma con ocho sujetos, quienes se identificaron como «policía militar», estaban premunidos de armas cortas y vestían uniformes, se bajaron en velocidad de unas limosinas y sitiaron el lugar durante algunos minutos. El oficial a cargo dio una orden a sus subalternos, y al azar escogieron a tres hombres, entre ellos al griego.

Luego de un breve interrogatorio y al constatar que no poseían documentación, fueron detenidos para ser deportados a sus países de origen. Lo que Zourkas no sabía con sus escasos dieciséis años, es que Grecia era un aliado de Francia, y por tanto lo enviaban al ejercito de su país para ser reclutado e integrado como soldado, la Primera Guerra mundial le abría su puerta para vivir o morir en el intento, en un conflicto con fecha de defunción para miles de ciudadanos de la vieja Europa.

Σε οι παραστρατιωτικές ομάδες που αγωνίζονται στην Αθήνα (En la milicia de combate en Atenas)

El traslado del prisionero fue de larga data, de buen trato (según relato del propio afectado en esa circunstancia), pero en el marco de autoridad con la que se relacionaban los soldados de acuerdo a los códigos militares en tiempo de guerra. Fue entregado a un regimiento de artillería en la inmediaciones de Atenas, donde para su sorpresa, no recibió sanción alguna de los oficiales responsables, por el contrario, se le proporcionó una ración de alimentos, agua, y un vaso de leche de cabra, luego fue enviado a la sección de vestuario militar, donde se le proporcionaron todos los atuendos necesarios antes de enviarlo un pequeño campo de entrenamiento.

Cuatro días después, por orden de un Coronel se incorporó a una tropa de asalto para el ejercicio de su primera misión.

Zourkas combatió durante toda la guerra, destacándose por su agresividad y valor en las trincheras de diferentes frentes de combate, en Salónica, en Los Balcanes, en Macedonia, sobrevivió a emboscadas, y a estrategias fallidas de sus superiores, fueron largas horas de zozobras, hambre e incertidumbre, exterminó a los enemigos, sin claridad, respecto de los objetivos políticos y militares del poder en esa década, reconoció en conversaciones familiares, que los jóvenes de la época combatían sin conciencia de cuál era la problemática y los fundamentos de la guerra, pero que en ese instante carecía de importancia, los hechos estaban desencadenados al margen de su voluntad, y la única consigna posible era sobrevivir en el conflicto, o morir en uno de los tantos puntos álgidos de enfrentamiento.

«Nuestro lema es matar al enemigo, vencer y dominarlos. La patria deposita la confianza en ustedes, y deben actuar en coherencia con nuestros principios nacionales. Que la voluntad de Zeus los acompañe», les había dicho un oficial, y esta reflexión básica era su credo, era su verdad.

Entonces, Zourkas, afinó su puntería, y disparó sobre los cuerpos en medio de tanta oscuridad, y mató sin remordimientos a cuanta imagen humana se cruzó por su retina.

En la reconstrucción de los hechos en su memoria, las imágenes se aparecen difusas, entre neblinas y lagunas mentales, sin duda advierto, hay hechos que requería olvidar, las alteraciones síquicas de la guerra dejaron secuelas en su conciencia, y por su estructura de personalidad entendió que debía resguardar y mantener el silencio.

Siempre se negó a hacer una terapia de reconstitución y saneamiento, pero cuando se bebía unas copas de coñac, reconstruía en la intimidad de la familia, nuevos pormenores de su experiencia dolorosa y traumática.

Aunque nunca precisó detalles del incidente en donde le atravesaron tres dedos de su mano derecha, solo se limitó a confidenciar que había sido una ráfaga de ametralladora que provino desde el lado del enemigo, y que «la sacó barata», pues sus dos compañeros de trinchera cayeron abatidos cuando caía la tarde, solo que esta última cayó como una evolución natural del tiempo, unas horas silentes antes de que volviera a amanecer.

Zourkas con los años aprendió a escribir con su mano izquierda, con la que solía firmar los documentos de sus negocios en un país lejano de otro continente, décadas después.

La organización de la paz (1919-1920)

 

La Conferencia de París se inició en enero de 1919 con la presencia de las delegaciones de los 27 países vencedores de la guerra. No fueron citados los

vencidos. A pesar de número tan elevado de participantes las principales decisiones recayeron sobre Estados Unidos.

El Reino Unido y Francia, aunque también jugaron un papel relevante Italia y Japón. La Conferencia de París concluyó con la firma de cuatro tratados por separado que afectaron a las potencias derrotadas, en sesiones celebradas en las proximidades de París.

 

Zourkas, Στην περίοδο του Μεσοπολέμου  (en el período de entreguerras)

En septiembre de 1918, Zourkas, con veinte años de edad, fue dado de baja en el ejército griego, luego de una ceremonia en que los sobrevivientes de esta contienda mundial, fueran condecorados por las autoridades civiles y militares. Recibió un par de atuendos de civil, un sueldo equivalente a cincuenta mil dracmas, aproximadamente, ciento cincuenta dólares de la época, además de una ración de alimentos consistente en: cinco panes negros, queso de cabra, pasas, aceitunas, y una botella de aguardiente de cincuenta grados,

Así, después de despedirse de sus compañeros de armas en la Estación Central de Atenas, subió a un tren atestado de viajeros. El sonido de una campana colgando de un sucio madero de la locomotora a carbón, anunciaba el retorno a su región en La Castoría, reducto geográfico integrado a La Madeconia,

El viaje asociado al paisaje aledaño a la línea férrea, sumado a la actitud emocional del pasajero, más los canticos de los griegos al interior del vagón, improvisaban una fiesta de felicidad y mucha paz, atrás quedaba el cruento episodio de una guerra que no pudieron dimensionar racionalmente.

Varios días de viaje, paradas en numerosas estaciones con sus edificaciones destruidas por los bombardeos, no fueron factores que pudiesen mermar el optimismo y la voluntad de los viajeros. A la orilla del camino, los niños y mujeres, en pleno campo, saludaban con pañuelos blancos a los héroes de guerra, que a medida que el tren avanzaba, iban descendiendo en sus pueblos donde los esperaban sus familiares y amigos, a un retorno definitivo. Deberían contribuir con carácter a la reconstrucción de su país.

Cuando Zourkas llegó a La Castoría, cogió sus pertenencias y descendió del tren, la estación estaba vacía, echó una mirada a su alrededor y vio a un perro viejo, de pelaje raído, que se aproximó a saludarlo, moviendo su cola como una expresión de reconocimiento e identidad mutua.

El joven griego lo reconoció de inmediato, y lo llamó por su nombre: Cronos, le dijo, y le acarició su cabeza, luego preguntó: ¿Y donde están los demás?. Y el perro dio media vuelta y comenzó a avanzar por la callejuela principal del pueblo, Zourkas lo siguió, luego de un kilometro arribaron a una Iglesia, una multitud escuchaba la liturgia de un sacerdote que le daba la despedida a un anciano religioso que tendido sobre una mesa de madera, con sus ojos cerrados, y sus brazos apoyados en su prominente panza, estaba vestido con su túnica blanca, con su estola, y un gorro litúrgico, cilíndrico, vestimenta propia de la tradición religiosa ortodoxa.

Ante su estupor vio como su madre salía a recibirlo, mientras le confidenciaba al oído, el doloroso mensaje de que su padre Demetrio Zourkas había muerto la noche anterior. Escuchó con respeto el sermón, y luego encabezó la procesión con el cadáver, junto a sus hermanos, al cementerio de aquel pueblo rural enclavado en las montañas.

Después de cuatro años de ausencia, Zourkas, iniciaba una segunda etapa de su vida, en la ciudad que lo vio nacer.

Cuando yo cumplía doce años de edad, mi padre Nicolás Zourkas me comento que Demetrio, el nombre de mi abuelo significaba: «aquel que se dedica a la agricultura o la tierra».

Y premonitoriamente, mi padre se dedicó a la agricultura y a la crianza de cabras en el período de entreguerras. Entre mil novecientos diecinueve y mil novecientos cuarenta, se convirtió en productor de vinos y quesos artesanales, y se vida  comenzó a prosperar.

Hizo una fortuna relativa y se casó con Doña Alethea Yanatos, con la cual tuvo dos hijos: Nicolás y Olimpia, de esta última tuvimos referencias escasas, solo que se casó con un militar, sobreviviendo ambos a la Segunda Guerra Mundial, y cuya data de fallecimiento se registra en la década de los ochenta. Legó tres hijos que se encuentran residiendo en Atenas.

Η ελληνική διασπορά. La diáspora griega

La ocupación de Grecia por las fuerzas del Eje durante la Segunda Guerra Mundial comenzó el 6 de abril de 1941, tras la invasión alemana e italiana, y se llevó a cabo junto con las fuerzas de Bulgaria. La ocupación duró hasta la retirada alemana de la parte continental en octubre de 1944. En algunos casos, sin embargo, como en Creta y otras islas, las guarniciones alemanas se mantuvieron en control hasta mayo y junio de 1945.

Zourkas, informado de este acontecimiento bélico, llegó a la conclusión de que su vida estaba expuesta a un nuevo enrolamiento en el ejército griego, y por tanto pensó en una estrategia para salir del país con la urgencia que se requería. Ideó un plan, legando la administración de sus tierras y bienes a mi abuela Doña Alethea, y convinieron una separación de sus hijos. El se llevaría a Nicolás, su hijo mayor, y ella, quedaría a cargo de Olimpia.

Una mañana de un domingo de agosto de 1941, previa tramitación de pasajes, documentación y pasaportes, Zourkas viajo con su hijo, y un profesor y amigo de su  región, Cristi Antoniades Meletti, hasta el puerto Thessaloniki Marina donde se embarcó rumbo a Panamá.

Largo viaje por el Mediterráneo y otros mares hasta desembocar en el canal de Panamá. América era un nuevo episodio de su destino. Portaba algunos ahorros para iniciar alguna actividad económica, en un territorio desconocido, y sin conocimiento del idioma nativo.

Tenía a la fecha cuarenta y tres años, y su hijo Nicolás, catorce, un niño en tránsito hacia su adolescencia. El viejo continente se desangraba con una nueva conflagración después de veintitrés años de paz.

Panamá, una etapa pasajera: entre la crisis existencial y el progreso material

Παναμά, μια περαστική φάση: μεταξύ υπαρξιακή κρίση και πρόοδο στο υλικό

Zourkas, con una vasta experiencia de viaje, se incorporó con rapidez a la vida social y comercial de Ciudad de Panamá. Y como tenía habilidades para los negocios, compró una pequeña panadería en sociedad con Antoniades Melletti,  en las inmediaciones del centro, lentamente fue aprendiendo el español, el que no logró aprender plenamente a través del resto de su vida. Por su parte, Nicolás se incorporó a la educación e hizo un curso intensivo del idioma, para comunicarse con sus compañeros en la escuela.

Simultáneamente, las noticias provenientes de Grecia eran caóticas, su mujer y su hija habían sido detenidas y enviadas a un campo de prisioneros, confiscándoseles todos sus bienes. Veinte años de trabajo y esfuerzo se arruinaban en algunas horas, pero Zourkas continuaba su emprendimiento y su fortuna fue en aumento, instaló una segunda panadería, y compró una camioneta de reparto, y se hizo socio de la colectividad helénica residente, vinculándose al embajador y al cónsul de Grecia en Panamá. La década del cuarenta fue avanzando, junto su progreso y su inserción en la vida social de la ciudad, la que transcurría entre panaderos, empresarios y políticos, se hizo amante del folclore de ese país, y en cierta medida, se desentendió de su mujer, su hija y el resto de su familia en el viejo continente.

La Segunda Guerra Mundial terminó, y las mujeres sobrevivieron y fueron liberadas, pero estaban en la ruina. Entonces, Nicolás con veinte años, estudiante de medicina a la fecha en Ciudad de Panamá, logró establecer un contacto con su madre Doña Aletheas y su hermana Olimpia.

Mientras tanto, Zourkas se encontraba en una relación amorosa con una panameña, y no le dio mayor importancia a la información proveniente de Grecia. El enfrentamiento entre padre e hijo fue inevitable, y a pesar de que Zourkas dispuso de una suma importante de dinero para enviarles, el quiebre fue definitivo entre ambos, se separaron, interrumpiendo la comunicación por el resto de sus vidas.

Un año después, este inmigrante griego decidió terminar sus negocios en Panamá, y viajar a Chile, junto a su socio y amigo Antoniades Meletti. Vendió sus inversiones, e inició su último viaje como inmigrante hasta el país más alejado del centro de la tierra.

Ayúdeme usted compadre a gritar…un viva… Chile

Να με βοηθήσει σας φίλος να ουρλιάζουν… μια ζωντανή… Χιλή

Marzo de 1950. Nicolás Zourkas y Cristi Antoniades Meletti, ingresan a territorio nacional por el Puerto de Valparaíso, con su equipaje a cuestas viajan hasta la Capital y se hospedan en el hotel Crillón.

Luego de un tiempo de adaptación en nuestro país, informándose para integrarse a alguna actividad económica, por diferencias personales, se produce un quiebre, y los amigos de La Castoría emprenden rumbos diferentes, después de treinta años de amistad.

Zourkas, al barrio Arturo Prat con Avenida Diez de Julio, y Antoniades, a La Gran Avenida, paradero nueve y medio. Zourkas compra un restaurant con el pintoresco nombre: Blanca Nieves y los siete enanitos, Antoniades, su primera micro de transporte de pasajeros: Mapocho Lo Vial, Plaza Bismarck. El país es gobernado por el radicalismo, y Juan Antonio Ríos, es el presidente de la República. Es el comienza de la década del cincuenta.

A poco andar, Zourkas de cincuenta y dos años, contrata en su restaurant a una joven campesina proveniente de Linares, de tan solo, diecinueve años de edad, y se enamora profusamente de ella, entonces averigua que reside en Arturo Prat con Coquimbo, en una vieja casona, convertida en pensión por Doña Melita Rodríguez, refugiada de la guerra civil española, y comienza a visitar a la peninsular, establece una amistad y le confidencia de su enamoramiento de la joven sureña. La española cautivada con la historia decide apoyarlo en sus andanzas, y actuar como casamentera.

Después de un par de meses consigue su objetivo y la pareja se casa por el civil, y se instala en un departamento en la calle Arturo Prat, a metros del negocio que ambos administrarían en las próximas dos décadas. De ese matrimonio, nacieron Gregorio y Afrodita Zourkas.

El barrio Arturo Prat en la década del cincuenta estaba poblado comercialmente por una gran cantidad de emigrantes europeos, por mencionar a algunos, en la esquina de Arturo Prat con Diez de Julio, estaba la panadería La Cataluña de propiedad de Don Pedro Cayetano, La Fiambrería de Antonio Margozzini, un italiano de Milán, el restaurant del griego, La casa Mandel que comercializaba bicicletas, cuyo dueño era Andrés Mandel, de origen judío, las Pompas Fúnebres Azocar, otro español que negociaba con la muerte, entre tantos otros, y la infancia de los hijos transcurría entre la Escuela Francisco Andrés Olea, ubicada en Serrano con Avenida Matta, el Instituto Nacional, en Arturo Prat con la Alameda, y la Casa Central de la Universidad de Chile, edificio vecino al liceo más emblemático del país.

Al termino de esa década se aficionó a la lectura, y visitaba las librerías de «viejo», ubicadas en la calle San Diego, donde compraba numerosos libros usados de autores con los que fue creando su primera biblioteca. Balzac, Kavafis, Víctor Hugo, Stendhal, Seferis, Tolstoi, entre tantos otros, y las revistas de la época: Vea, Ercilla, En Viaje, por destacar algunas.

La vida de los Zourkas transcurrió pausada y reflexiva hasta el año mil novecientos sesenta y cuatro, fecha en que se inicia un proceso de reformas en Chile, con la asunción del presidente Eduardo Frei Montalva. Por la casi provinciana calle Arturo Prat comienzan las primeras movilizaciones sociales que provocan gran convulsión y enfrentamientos en las calles, se inicia la reforma agraria, se crean las Juntas de Vecinos por ley, y la sociedad civil se empieza a organizar. La izquierda radicaliza su lenguaje y se levantan las consignas de una necesaria revolución social en el país, con gran entusiasmo, Zourkas, adhiere intelectualmente a estas propuestas y se vincula a organizaciones de la época, Chile se tensiona y se apasiona al mismo tiempo.

El cuatro de septiembre de mil novecientos setenta, mi padre se dirige en la noche hasta Alameda con Santa Rosa, al local de la FECH, para celebrar el triunfo de Allende acompañado de sus dos hijos, mi madre tiene cierto temor y algunas aprehensiones, pero las emociones son muy intensas y la racionalización de los hechos neutralizados por la euforia. Escuchamos a Allende, estamos enfrente de un gran orador, y mi padre se siente interpretado por su liderazgo, es un lenguaje de doctrina expresado en un tono poético, al termino aplaudimos con efusión y regresamos caminando a nuestro departamento en Arturo Prat.

En los tres años de gobierno del presidente Allende, mi padre Nicolás Zourkas participa activamente como ciudadano independiente sin militancia, y observa como el país se tensiona y se agudiza en sus posiciones, pero no cede, hasta que en la mañana del once de septiembre enciende la radio como todos los días para escuchar noticias antes de abrir su restaurant, y coincide ante su sorpresa con el primer bando militar: Allende había sido derrocado, y las Fuerzas Armadas tomaban el poder, entonces comenzó a llorar en silencio, tal vez, de esta guerra en el confín del mundo no se salvaría.

Se impuso el Estado de Sitio y vinieron los allanamientos por delación de los vecinos, luego los interrogatorios, pero sobrevivió a toda esa debacle durante los próximos diez años. Se sentía viejo y cansado y decidió enclaustrarse en su departamento, donde resistió los últimos años de su vida.  Leía profusamente y escuchaba música todos los días, un día me comentó que quería regresar a La Castoría en Grecia a morir, una noche compartiendo un programa de Televisión Nacional después de la noticias, escuchamos al cantautor Alberto Cortez, argentino, nacionalizado español, cantaba “El Abuelo”, que en sus versos finales dice; “ …Y el abuelo un día / se quedó dormido / sin volver a España, / El abuelo un día, / como tantos otros / con tanta esperanza. / y al tiempo al abuelo / lo vi en las aldeas / lo vi en las montañas / en cada mañana / y en cada leyenda / por todas las sendas / que anduve en España”, y aunque Zourkas era griego, asoció estos versos con su propia experiencia.

Pero una mañana de Octubre de mil novecientos ochenta y cinco, su departamento fue allanado por cinco agentes de inteligencia, en busca de material subversivo. No encontraron nada y se retiraron, el se encontraba en compañía de una auxiliar de enfermería, quien le informo por teléfono a mi madre de esta situación irregular, sentimos impotencia, estábamos desamparados, sin protección.

Al día siguiente, mi padre amaneció más acelerado que de costumbre, bebió una taza de café en la mañana y luego regresó a su dormitorio, se tendió a descansar, cerró sus ojos y no despertó más. Su funeral fue pequeño, con poca asistencia de público, el miedo era más fuerte, paradojalmente, a la frase del papa Juan Pablo Segundo, años después: «El amor es más fuerte».

Fue incinerado, y sus restos descansan en un ánfora ubicada en una repisa de mi departamento, en espera de mi próximo viaje a Grecia, donde sus cenizas serán diseminadas en la tierra que lo vio nacer.