Al más puro estilo de esas sectas gringas de los ochenta, como colectivo Max Stirner pensamos en un suicidio colectivo: lanzarnos a la hora pick, en una estación de metro hiper concurrida, para que un montón de esclavos –al verse varados en su intento de llegar a sus trabajos aburridos- casi como un mantra, exclamaran ofuscados: “¡Por qué estos weones no se fueron a matar a su casa!”.

Esta idea fue latamente debatida al interior del Colectivo. Llegamos a ese punto por una amalgama de pena, rabia y aburrimiento que nos cubría. Y no hay temor en confesarlo: hemos transitado por terrenos pedregosos.

Con el pasar de los días, las ganitas de autoaniquilamiento no desaparecieron, pero sí cedieron terreno a la urgencia de lanzar de una vez el pospuesto noveno número de nuestra querida revista “Letra Rebelde”. La tesis que ganó en la brega argumental, fue la siguiente: “Saquemos este número y después veamos qué pasa: si nos matamos o no”.  En eso estamos.

Y pasa que conviven bajo el techa del lema libertario que nos unió, hedonistas y existencialistas. Los primeros pensando que la vida es un tazón de momentos placenteros para hundirse en él en un eterno retorno; o, los hijitos de Sartre y Camus, clamando que todo es una puta mierda y que da lo mismo estar como explotar.

Será un largo debate que, después de este nuevo ejemplar, el Colectivo tendrá que retomar. También hay posiciones intermedias: que el que quiera reventarse lo haga y los demás que continúen en este valle de lágrimas y vino tinto. En fin, noticia en desarrollo. Estaremos informando.

Por ahora, ya tenemos este ejemplar que costó sangre, mal dormir y lágrimas, lo que de alguna manera, y pese al magro presente, nos provoca una pequeña mueca que alguien, con más optimismo que realismo, podrá tildar de lo que la gente llama “Orgullo”. Cada cual que lo califique como le dé la gana. Ahí nosotros no nos metemos. Ya harto debemos aguantar con nuestra propia cruz que en este momento nos tiene al borde de lanzar la toalla.