POESÍA DE UN LIBRO EN PROCESO

2 de junio.

Cuando digo que soy del fuego,
no me refiero al fuego de pasiones desbordadas,
ni mucho menos al descontrol de la adrenalina, no.
Cuando digo que soy del fuego,
quiero decir que soy de algo muchísimo más fuerte
que la voluntad humana y cómo quema.
Y qué bien que quema.
Que si no arde, no vale, que si no quema, no se recuerda.
Y qué mal que todo tenga que terminar en ruinas
para que un mínimo de consciencia nos tome de la mano
y nos envíe directo a nuestro destino predilecto.
Si digo que soy del fuego, me refiero a la energía,
a la potencia, a la fuerza,
a mi propia destrucción, a Mi Torre.
A Lanzarme por la ventana sin miedo a la caída
con tal de ser salvada de mí misma,
por mi misma.
Que bien que me queme, que bien que me arda.
No sería yo sin tanto fuego.
No sería yo dejándome los pies rojos de tanto baile sobre las llamas.
Quiero que me recuerden así,
como el fuego que he sido.
Como el fuego que siempre fui.

 

12 de marzo.

No me gusta lavar los platos,
siempre hago un desastre de ellos.
Y es que me envuelvo
y entre cada vuelta se me suelta una tuerca.
Quizá, la maldición es de familia.
Se lleva en la sangre la mala leche
y se enfrasca
en adornos con amapolas,
el cielo brilla rojo como si se tratase casi,
del mismo infierno al que todos acabaremos entrando,
de alguna u otra forma.
Mi alma hacía tiempo que estaba condenada,
quizá antes de nacer,
quizá por eso me tocó tanta mierda por ver,
tanto dolor que sentir y levantarme
al otro día con la cara fresca y la sonrisa enorme.
Ahora que lo pienso
no me acostumbro,
y ahora que lo tengo pegado en mi cerebro
como rezo santo,
me quiebro como si fuese
una forma exasperante de saberme viva para renacer.
¿Ves?
Por eso no me gusta mojarme las manos,
porque si lo hago
recuerdo cuando no supe si sentí
más placer al intentar clavar mi daga en ti
cuando te despedías de mi
en un intento de beso,
o cuando acabé cortando mi brazo
por un mísero error de cálculo.
Siempre supe desaparecer muy bien mis huellas.
No había un solo cabo suelto
que pudiese delatarme
y un cementerio más para armarme.
Que las manos se me llenaron de sangre
y yo solo moría por probarla,
mancharme las comisuras con el rojo carmesí de tu existencia.
Yo solo pensaba en probarte,
lamerme los dedos salivando por querer consumir
cada pequeña gota.
Hundir los dedos nuevamente en tu herida y volver a comenzar.
Llueve a cántaros por acá.
El viento sopla y se sacuden los rosales,
puedo verlo desde la ventana.
Me estoy secando en vida.
El agua corre y yo miro un punto fijo en la existencia,
los ojos se me quieren cerrar y yo solo pienso en el mar.
Pienso en las olas suaves de la playa,
una imagen que se mantiene por pocos instantes
antes de volver a estar en medio del océano, a mar abierto.
El viento sopla diferente ahí.
El mar canta diferente ahí.
Y me toman de la cintura para hundirme
para que sea lo último que vea;
un cielo que se alejaba más y más de mí.
Quiero dejar de respirar.
Quiero hundirme hasta no sentir más.
Y es por eso por lo que no me gusta lavar los platos,
mojarme las manos,
sentirlas embarradas de lo que no quiero,
ensuciarme de comida que yo misma preparé.
Porque paso de querer hundirme en el océano,
a querer hundir un cuchillo en mi cuello.
Quiero quitarlo antes de darme cuenta de lo que he hecho y sentirme desangrar.
Perder el calor o perder la batalla.
Perder contra mí.
Si no es así entonces
por qué no clavarme el tenedor en los muslos mientras como.
No sería irreversible,
solo un pensamiento que llegó demasiado lejos.
No hay otra forma de explicarlo o hacerlo entender.
Quizá la libertad de pensamiento me ha condenado a vagar
por el más cruel de los infiernos,
el reino más profano en su gloria.
Estoy maldita,
es algo que llevo en la sangre,
pero jamás me pensé tan,
tan condenada a mi propia existencia.
No me gusta lavar los platos.

3.

Me dicen que soy caos.
Que estoy hecha
más de mal que de bien.
Que soy tentación y maldición.
Me dicen que soy culpable
de actos que jamás he cometido.
De palabras que jamás he pronunciado.
De intenciones que jamás he tenido.
Me miran a la cara
Me apuñalan por la espalda.
Me dicen que soy caos.
Que estoy hecha
más de mal que de bien.
Luego que soy culpable
me abrazan como si nada.