Reflejo condicionado

Me mandé el primer buen trago de la mañana, directo desde la caja de tetra, y veo que viene de nuevo el culiao del Evaristo. Quiere agarrarme desprevenida, pero lo cacho tratando de pasar piola mientras camina agachado detrás de las ligustrinas. Por entre las plantas veo sus patas flacas con esos calcetines plomos mugrientos, los únicos que tiene, mal metidos en esos zapatotes que le regalaron los bomberos cuando vinieron a apagar el incendio que provocaron los cabros mariguaneros.
—¡Este es mi parque, perro culiao! ¡Y este es mi banco! — le grito, y eso lo detiene un rato. Parece que lo sorprendí.
Guatón conchaesumadre. Lo veo ahora y me da rabia haber tirado con él todo este tiempo. Con esa tremenda panza y las chascas canosas que parecen pelos de mazorca de choclo. De puro curada no más me acuesto con él. Nada que hacerle. Con el copete me pongo caliente. ¿Cómo le llamaban a esa huevá en el colegio? Reflejo condicionado decía esa profesora. ¿Cuál era el nombre de la profe? No me acuerdo, pero la cuestión era algo así como que le tocaban una campana al perro mientras comía, y después el pobre quiltro salivaba cada vez que escuchaba una campana. Eso mismo me pasó a mí. Diez años trabajando en el Bar Líbido, dele tomar y sacarle plata a los clientes pidiéndoles que me invitaran, y ya como por el sexto copete o algo así, los huevones caían, y ahí les aforraba sus cuarenta lucas a punta de cachas en el privado del Bar. Entre eso y los tragos me hacía unos cincuenta mil al día. ¡Putas que me iba bien!
Evaristo es el único huevón que me pesca ahora, desde que ya no está el viejito que se las daba de poeta y que era el único que me pagaba, decía que yo era su Dulcinea, pobre viejo, don Matatías, ¿ayer fue que lo encontraron tieso debajo del puente de Simón Bolívar con Tobalaba?
Y le dio al Evaristo con que esta caja de Gato Negro es de él, ¿dónde la vio? Yo estoy segura que esta caja es la que compré con las tres lucas que me pagó don Matatías la última vez que se la chupé allá abajo, en la ribera del canal, ¿o no fue esta la caja que compré?
Me da risa esa gente que corre con buzos en las noches por las veredas siúticas entre pastito y máquinas de hacer ejercicio, y no se imaginan que detrás de los árboles y los matorrales que bordean el canal San Carlos lo que hay es un verdadero motel al aire libre. La otra vez una pareja de pendejos culiaos haciendo acrobacias sexuales se cayeron al agua, se salvaron porque había poca corriente ese día.
Allá viene el huevón de nuevo.
—¡Este vino no es tuyo, maraco culiao!
No le gusta que le digan maraco. Corre hacía mí.
—Devuélveme esa caja, puta de mierda — ruge, más que grita, mientras va levantando la mano. ¿Tiene algo en la mano? El sol no me deja ver.
—¡Señor! ¡Ayúdeme! — le grito a un pelado que se acerca al parque trotando, entero vestido de deportista.
Eso detiene a Evaristo una vez más, pero se ve muy choreado. Quizás no debí gritarle maraco. El pelado desacelera su trote y nos mira, a Evaristo y a mí, como preguntándonos con los ojos.
El pelado tiene la típica pinta de los cuicos que llegaban al Líbido. Pensar que uno de esos huevones como que se anduvo enamorando de mí, el huevón me decía que quería sacarme de ahí y que fuera con él a Argentina, que por pega lo mandaban a trabajar a Mendoza, que allá nos casábamos y todo. Ni cagando, todas las hueonas a las que les prometieron eso terminaron botadas. Como la Mónica, que se fue para Iquique, y a su mino el enamoramiento le duró como un mes no más. Claro que a la Moni allá le fue mucho mejor que en Santiago. Corre harta plata en el norte, con la droga se mueve mucha moneda.
El pelado pasa trotando despacito, como que se tranquilizó al ver al Evaristo alejándose. Yo dudo entre decirle algo y pegarme otro trago de vino. Opto por el vinacho, estos cuicos ya no me inflan ahora así como estoy, con la ropa sin lavar desde hace como un mes, y además mi guata, como que no tiene tanto que envidiarle a la de Evaristo, dicen que el copete es lo que la pone a una así. Claro que mis pechugas todavía están firmes ¡Cresta! Mi polera tiene un hoyo justo al lado de la teta derecha, no había cachado, eso está mirando el cuico.
—¡Qué mirai sapo reculiao! —, le grito, y el huevón acelera su trote.
Me pego otro buen buche de Gato Negro. Y me viene la tontera, un calorcito entre las piernas, y la respiración como que se me agita. Que huevá que ande enojado el Evaristo, dele con que le robé el vino. Anda raro desde que los de la Municipalidad se lo tuvieron que llevar al consultorio. De hecho no nos pegamos una cacha desde antes de eso. Cuando se lo llevaron iba gritando que los extraterrestres le habían robado todo de su casa. ¿Cuál casa? Si el culiao que yo sepa nunca ha tenido. Desde ahí que quedó pegado con la lesera de que le roban.
Ahí viene corriendo el loco de mierda. Qué hueá que ande así con la teja tan corrida. Con lo rico que sería pegarse un polvito allá en el canal, a esta hora en que no anda mucha gente. Le voy a sonreír a ver si se calma y atinamos, le gusta que le sonría.
No logro tranquilizarlo. ¿Qué empuña en su mano derecha?
—¡Párate chupapico de mierda! — le chillo.
—¡Devuélveme la caja que me robaste puta de la concha de tu madre! — me grita de vuelta.
Entonces veo su mano que se abalanza rápido, como el aspa de un ventilador, y me llega ese calor en el vientre, pero uno distinto al que siento cuando me vengo. Después del ardor llega el ramalazo. Evaristo se queda por fin tranquilo, y me mira con los ojos bien abiertos, como si estuviera frente a una bruja. Y veo su brazo que va retrocediendo de a poco, en cámara lenta, alejándose de mí. Algo metálico brilla en su mano.
Su imagen congelada como en las películas se va alejando, se ve cada vez más chico. Hasta que se cae de mi visión y desaparece. Y solo veo el cielo. Bien azul, como en esa tremenda foto con una playa del Caribe llena de minas en pelotas, que adornaba el Bar Líbido. Unas nubes parecen dibujar la cara del viejo Matatías que me mira sonriendo. Me siento bien, muy bien, hace tiempo que no me sentía así…

(Publicado originalmente en “¿Veremos el sol mañana?”. Editorial Espora. 2023)