Santuario

Ingresamos a sus depósitos de fe Reconstruimos mentalmente
Todo lo que habían borrado de sus altares
Sus ritos pestilentes, su vocación suicida por el regreso de las cordilleras

La nieve que destejían, en sus estados de sumisión contemplativa
Y los diálogos que en forma indiferente mantenían con las ánimas De pronto nos baldearon el hocico a piedrazos
Nos abrazamos
Lamentando la pérdida de nuestra concentración
Y decidimos hacerles pebre su comunicación con las estrellas
“De fuego está hecha nuestra fe en los desiertos” arengamos.
Para después dirigirnos
Como disciplinados carniceros para dar en el blanco de su raza.

 

La guerra del fin de Chile
(fragmentos)

Alonso de Ercilla
Está desnudo, boca abajo En una camilla metálica.
Parece muerto, pero solo está dormido.

Piensa, sueña y viceversa
“tengo una tendencia infantil
En administrar mis versos expansivos
En estructuras político -monárquica
Eso que llamamos Chile
No será un reino nunca jamás Mi exaltación militar
En 37 cantos de cuchillo Fue, es y será
Desesperación por formalizar literariamente Un cortocircuito de sangre,
Un pecado general”

Lo bajan de la camilla Lo meten en una bolsa Lo embalan y lo lanzan A una fosa poco común
En lóbulo frontal del dios de la guerra

Esta guerra sí que es de verdad Se apronta a murmurar
Con su avatar hirviendo en escorbuto.

Que hermoso día
Para disipar impertinencias menores
Excelente generador de truculencias y hábitos disuasivos Pastiches semánticos,
Estrategias para disminuir
La apoplejía contextual de mi disléxico purgatorio.

Esto digita Enrique Lihn
En los pliegues led de su holograma aleatorio Que refleja su mapa interno
En descontinuada descomposición.

Con amarga indiferencia Patea el bulto de plástico
Que envuelve el cuerpo de Ercilla
“esta mierda es el propósito de la épica de los hombres”
Con los ojos aullando trascendencia Vomita sobre las piedras