Una mala profesora

 El otoño va de retirada y las nubes espesas se deslizan tapando a un sol tímido. El viento arrecia los arces de la calle y hace bailar en el aire algunas de sus hojas anaranjadas. Las planchas de zinc de la casa se remecen con la ventolera. La calle aún está lustrada por la última lluvia y los charcos parecen espejos desperdigados por la calle.

En el centro de la habitación un brasero hace humear una tetera ennegrecida por el hollín. El humo del carbón se impregna en la cama, las mesas, las sillas, las paredes. Los tíos de Manuel salen por víveres al almacén de la esquina. Aprovechando la ausencia, Manuel sale de su cuarto, una pieza de pino en bruto adosada a la cocina. La cortina de  género floreado que hace de puerta queda descorrida exhibiendo en los tabiques de su pieza, un par de fotografías de su club de fútbol favorito y un calendario de la ferretería del barrio. Los pies descalzos de Manuel se deslizan por el piso de tierra. Al cruzar la cocina observa la calle por la ventana. Detiene su mirada en el par de gorriones que se acercan a una poza de barro recién formada.

– Pronto estará listo el almuerzo – dice la tía elevando innecesariamente su voz. En el rostro de Manuel se dibuja una mueca, sin contestar continúa mirando hacia la calle.

Los chillidos de la tía Carmen lo exasperan. Se da vuelta y entra a la cocina. La tía, envuelta en una nube de vapor con olor a cebolla, revuelve una olla.

– El caldo está listo – dice la mujer, con el rostro asorochado por el calor de la cocina – menos mal que en la pescadería nos regalaron las cabezas y en el almacén nos volvieron a fiar las verduras y el pan.

-No tengo hambre – dice Manuel mirando por la ventana.

En el patio, el par de gorriones nada en el charco y el quiltro negro de la casa se acerca ladrando. Trata de agarrar a uno de ellos.

Ni Carmen ni su marido le prestan atención a Manuel. Ella continúa revolviendo la olla con una cuchara de palo y el viejo prende la televisión.

– Voy a descansar un rato – dice Manuel con la voz apagada y caminando hacia su cuarto.

– ¿Descansar? ¿De qué? – Pregunta el tío, apretando el control remoto, sin dejar de mirar la pantalla- Te la pasas echado en la cama como si fueras un gato. Por lo menos podrías haber ido a la cola de la feria a vender cachureos conmigo. Ni para eso sirves.

Manuel se endereza y sale dando un golpe a la puerta de la cocina. Los vidrios sueltos de la ventana vibran.

El quiltro mete el hocico al charco en su intento fallido de atrapar al gorrión.

– ¡Qué le pasa a este cabro de mierda! – grita el tío, acercando la silla al televisor – No pone ni uno y hay que aguantarle sus leseras.

– Está amargado. Pensaba que le iba a salir un trabajo en la construcción, quería juntar plata pa comprarse una moto. De eso habla siempre, ¿no lo has escuchado? – le responde la mujer

–  Este cabro tiene la cabeza llena de pajaritos. En vez de motos debía pensar en pagar alguna cuenta. Nuestro único sobrino es un vago, no esperes algo de él. Salió peor que su madre.

-Cállate que viene entrando – dijo la mujer, poniendo el índice delante de su boca y subiéndole el volumen al televisor.

En la pantalla aparece un grupo de hombres y mujeres desplegando lienzos en la entrada del Municipio.  La policía los rodea, y golpeando a algunos con sus palos de goma, arrancan un lienzo a tirones, mientras el grupo de manifestantes se reagrupa al otro lado de la calle y sigue gritando consignas.

-Mira, viejo, ¿Qué no es la maestra del Manuel esa que arrastran del pelo los pacos?  Y ¿Qué dicen los letreros? Estos lentes que me dieron en el consultorio no sirven, apenas distingo las letras.

– A caballo regalado no se le miran los dientes mujer. Yo te cuento, un letrero dice, por el derecho a una educación gratuita y de calidad, y el otro dice algo del derecho a la vivienda y pensiones dignas. Manuel mira tu profesora está en la tele, ¿cómo se llama?

– Angelina Sandoval, era la profesora de historia – responde dándose vuelta para mirar la pantalla con interés.

Manuel recordó cuando ella llegó al liceo. Era la maestra más joven de la escuela. Sus clases eran entretenidas, les explicaba cómo era la vida en la edad media haciéndolos ver películas y a él le había regalado varios libros de historia.

-Mira Manuel, se la llevan detenida junto a otras personas – dijo la tía.

Manuel vio que la empujaban al furgón policial. Un par de hombrones la tiraba del pelo mientras otro carabinero la golpeaba con su palo de goma. Un surco rojo bajaba de la cabeza de la profesora. Vino a la mente de Manuel el día de su graduación, hace un par de meses, con sus compañeros robaron un par de jarras y escondidos en el patio del liceo se tomaron el ponche de los apoderados. Tal vez por el alcohol que tomó, se atrevió a alcanzar a la profesora cuando ella caminaba hacia su Suzuki rojo estacionado frente al liceo.

-Profe Angelina, ¿La acompaño a su auto?

– Hola Manuel, mi mejor alumno de historia ¿Cómo estás? Claro, acompáñame y me cuentas dónde seguirás tus estudios.

– Mis tíos quieren que trabaje con ellos en la feria.

– Pero tienes que seguir estudiando. ¿Quieres que hable con ellos? ¿Que vaya a verlos?

– Me encantaría que viniera a verme profe. Podemos salir a ver a unos amigos.

– Oh, Gracias Manolito, pero yo iría a hablar con tus tíos, a convencerlos de que te dejen seguir estudiando.

– No me diga Manolito, ya soy grande.

– Si, claro, a tus diez y siete años ya eres todo un hombre – al decir esto la profesora delineó una sonrisa que hizo aparecer un par de hoyuelos en sus mejillas.

– ¿Por qué se ríe? Soy un hombre y puedo demostrárselo.

La profesora frunció el ceño y en silencio apuró el paso hacia su vehículo.

– Llegamos, gracias por acompañarme. Cuídate mucho y espero que sigas estudiando – le dijo sin levantar la vista de su bolso y tomando sus llaves.

– Pero no se vaya tan pronto, ¿Quiere fumar? Tengo cigarrillos.

– ¿Fumas? ¿Desde cuándo? No gracias, no fumo.  Buenas noches alumno.

– ¿Alumno? ¿Por qué me tratas así? ¿Acaso olvidaste los poemas que te escribí?

– ¿Qué? Manuel dijiste que eran para una muchacha a la que intentabas conquistar

– Eran para usted, o mejor dicho para ti Angelina.

– Manuel, soy tu profesora, lamento que te hayas confundido. Tú has sido un excelente alumno y yo te he prestado atención para ayudarte, eso es todo.

– Pero te gustaban mis poemas y nunca me dijiste que no te acompañara a la salida de clases.

– Porque me gusta compartir con mis alumnos. No te confundas.

Manuel, sintió que su pulso se aceleraba, tragó saliva. Esperó todo el año escolar para hablarle. Ahora podían estar juntos. Ya no eran profesora y alumno. ¿Qué le pasaba?

  • ¿Te calentaste con el director? Los vi cómo se reían en la fiesta – le dijo de sopetón.
  • Manuel, no seas insolente. ¿Cómo te atreves? – respondió la profesora levantando la voz.

Manuel, no escuchó más. La tomó de la cintura, y la besó mordiéndole los labios. Luego la empujó contra el vehículo y a tirones le abrió la blusa. Lo último que recuerda es la mano de la profesora golpeándolo con fuerza con un zapato. Despertó boca abajo, con la ropa empapada en su vómito.

La tos seca de su tío lo trajo al presente, traga saliva.

–   No me importa lo que le pase a esa vieja. Era mala profesora y en el curso me molestaban porque decían que se había enamorado de mí – dice Manuel con la mirada fija en el patio donde el quiltro continuaba ladrándole a los gorriones.

–  ¿Por eso te sacabas buenas notas con ella? – pregunta el viejo mostrando los pocos dientes que le quedan en una sonrisa de malicia. ¿Pero no era la mejor profesora que tenías? ¿Acaso no dijiste eso?

–  Era ahí no más. Lo que pasa es que se creía la muerte y nosotros sabíamos que andaba con el director.

– ¿En verdad?  – dice la tía con los ojos muy abiertos y dándose vuelta hacia Manuel que se encontraba a sus espaldas – si se metió con el Director del liceo, que es un hombre casado, es una puta y mejor ni meterse en lo que le está pasando.

– Si po, mejor no meterse con ese tipo de gente – dice el tío y aproxima la silla a la mesa para cucharear el caldo.

Pronto la imagen de la televisión cambia a noticias de fútbol y aparece un goleador nacional dando una conferencia de prensa por su nuevo contrato. El tío sube el volumen y Manuel se queda dormido en el viejo sillón.

Afuera las alas de un gorrión dejan de moverse en el hocico del can.